
Para decenas de estudiantes y docentes de la Escuela de Artes Visuales, asistir a clases implica enfrentarse diariamente a una situación que no debería formar parte de la rutina educativa: caminar en completa oscuridad para llegar al establecimiento.
La institución, ubicada sobre la Autopista Fortabat al 7000, tiene un acceso que carece de iluminación pública. Durante los meses de otoño e invierno, cuando amanece más tarde y anochece más temprano, quienes ingresan antes de las 8 de la mañana o salen después de las 18 deben transitar por una calle oscura, utilizando en muchos casos la linterna de sus teléfonos celulares para poder ver por dónde caminan.
La problemática va mucho más allá de una cuestión de comodidad. La falta de iluminación incrementa los riesgos de caídas, accidentes y situaciones vinculadas a la inseguridad. Estudiantes, docentes y personal de la institución deben recorrer varios metros sin visibilidad adecuada, en una zona alejada del casco urbano y con escasa circulación de personas.
Resulta difícil comprender cómo un establecimiento educativo que recibe diariamente a cientos de personas continúa sin contar con una condición tan elemental como un acceso iluminado. Mientras se habla de inclusión, acceso a la educación y fortalecimiento de las instituciones educativas, persisten problemas básicos que afectan directamente la seguridad de quienes estudian y trabajan allí.
La comunidad educativa sostiene sus actividades y continúa apostando a la formación artística, pero el reclamo es cada vez más evidente: nadie debería tener que ir a estudiar a oscuras ni depender de la luz de un celular para llegar a una escuela.
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